Cambios que ya no esperan

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Qué campo nos espera? Es una pregunta que muchas veces me hago y no se cómo contestar. Hay dos historias que parecen paralelas y que solo la capacidad y la inteligencia de actuales generaciones podrían llegar a unir. Sin embargo, mucho sigue ahí, esperando resolverse y atado a los vaivenes de una economía que tampoco tiene muy claro hacia dónde va la Argentina.

Hay realidades que ya no tienen vuelta atrás: el concepto de un tipo viviendo solo en una “tapera”, recibiendo cigarros, pan y carne una vez por semana, debate más debate menos, a Dios gracias va en vía de extinción. Es cierto, la pampa es grande, los montes están a grandes distancias, pero hay una sociedad cuya renovación, no imagina una vida semejante. “El paisano”, está en vía de extinción y no necesariamente está tan mal.

Recorredores de a caballo, alambradores, molineros, esquiladores y otras yerbas, quedan de a puñados, todos marginales, todos fuera de sistema, todos “mala palabra” para cualquier contador de una empresa que para ser tal, necesita por lo menos, un monotributista a cargo. Sin seguro, sin obra social, sin un solo Cuit que los meta en el sistema, ayer soluciones y hoy, casi un dolor de cabeza para quien intenta, mantenerse ya no digo prolijo, sino al menos cercano a la realidad.

Dicho hasta el hartazgo, la falta de infraestructura, caminos, celulares, internet (hoy casi luz y gas ni se mencionan) son el combo básico para que cualquiera con intenciones de hacer del campo una forma de vida, tengan algún sentido. Por bueno que sea un empleado, con menos de 30 años si es que hay en vistas una renovación futura, todos los ingredientes mencionados, son poco menos el aire que se respira. Nos guste o no, hoy un empleado o una familia en el medio de la nada, son esclavitud encubierta, que solo la necesidad puede contener.

Y no se trata de buscar víctimas o victimarios, es lo que es, por un lado una sociedad para la cual se ha hecho lo imposible para facilitar las ganancias sin empleos, los derechos sin obligaciones y la erradicación casi fatal, de los antes llamados “técnicos agropecuarios” capaces de subirse a una cosechadora, tensar un esquinero o pialar un ternero. Salvo que el sujeto en cuestión sea nacido, criado y acompañado por su padre en sus primeros 20 años de vida, abstenerse de cualquier conocimiento que lo catalogue como clasificado para las labores en cuestión. Sin embargo, por ley, por gremios, por sindicato y por una sociedad hipócrita, deberá tratarse como un empleado calificado y peor aún, pagarle como tal.

Son nuevos tiempos, donde quien sube a cualquier maquinaria, deberá entender que está manejando miles o millones tal vez, de pesos. Y eso, es mutuo, responsabilidad para el que contrata, compromiso para el contratado. O quién recorre un potrero, se acabaron los “contadores de muertos”, es imperiosamente necesario que se tomen decisiones, que se conozca lo que se mira al observar un lote de haciendas. Para muchos se acabó el caballo, es tiempo de chatas o de cuatris, capaces de solucionar el problema de los tiempos, de llevar herramientas, palos, varillas y porque no, alzar algún ternero a la pasada.

Llegó el momento de cambiar la cabeza, de entender que hay cosas que no vuelven, positivas o negativas, pero son una realidad que de cada uno depende poder entender y hacer los cambios necesarios. A veces, aunque muchos aún no lo entiendan, rinde más una tarde de Excel que una de manga o una mañana de mate revisando un lote que una jornada arriba del tractor. Hay un campo nuevo en marcha, un campo que no espera y que dejará en el camino, a quien tenga que quedarse afuera.

Carlos Bodanza                                                                                           

Para Mañanas de Campo

Fuente: infosudoeste