Del bife argentino al cambio climático global

A pesar de los episodios recientes afirman que el bife argentino no tiene manera de afectar negativamente al clima del planeta

A pesar de los episodios recientes afirman que el bife argentino no tiene manera de afectar negativamente al clima del planeta

Hace unas semanas, activistas veganos irrumpieron en la pista central de la Exposición Rural para protestar. Activistas de Greenpeace desplegaron carteles en el mismo lugar. Hay empresas emergentes que promueven la carne artificial («vegetal» o «cultivada» en laboratorio). Médicos, científicos y medios nos hablan de un riesgo para la salud.

El villano se repite en todas las historias: el vacuno. Un informe reciente de las Naciones Unidas nos advierte que si no reducimos drásticamente el consumo de carnes, el clima del planeta colapsará. Inevitable preocupación entre los que producen y exportan carne vacuna.

El trabajo, elaborado por científicos prestigiosos y reconocidos internacionalmente, impresiona por su contundencia: la producción agropecuaria en general y la ganadería bovina en particular desertifican nuestros suelos, destruyen bosques, demandan cantidades crecientes de tierra y agua, y aumentan las emisiones de carbono hacia la atmósfera, acelerando el calentamiento global.

En realidad, la historia no es nueva. Estas advertencias circularon en un libro -tan impactante como criticado- que la Organización de la Naciones Unidas para la Alimentación (FAO, según sus siglas en inglés) publicó en 2006 y que tituló La larga sombra del ganado.

¿Hacia dónde apunta el dedo acusador? A los países que producen y exportan más alimentos que bienes industriales. La suspicacia es inevitable: ¿no nos inducen a desviar la mirada de los verdaderos responsables, de los países industrializados que emiten más del 80% de los gases causantes del efecto invernadero? ¿No estamos cargando gratuitamente con culpas ajenas? ¿No será este un disparador de políticas proteccionistas?

Los propios reportes científicos de las Naciones Unidas indican que la ganadería explicaría entre el 13 y 15% de las emisiones globales de carbono. Por lo tanto, el 85-87% es emitido por otros sectores (energético, industrial, residencial, etc.) que pesan mucho en el mundo industrializado.

Entonces, consumiendo menos carne, ¿vamos salvar el planeta? Es un falso dilema que demoniza al ganado, dispara dogmas y confunde a la opinión pública. ¿Cuál es la situación en la Argentina?

Si tomamos las estadísticas de la FAO o del Banco Mundial (son de acceso libre), encontraremos que las emisiones totales de nuestro país solo representan el 0,6 % de las emisiones mundiales; ¡menos del 1%…! Y las emisiones del ganado bovino no llegan siquiera al 0,1% de lo que se emite en el planeta. ¡El bife argentino no juega ni jugará nunca en la liga mayor de los emisores globales…!

La disponibilidad de tierra y agua es un problema en países industrializados y densamente poblados, pero no en el nuestro. Producimos carne en los todos los ambientes y hemos adaptado nuestra producción a una diversidad de climas y suelos. La lluvia es el principal insumo (en más de un 90%) que modula el potencial productivo de nuestros sistemas.

El sector ganadero no necesita competir por el agua con otros sectores sociales, como el urbano o el industrial. Eso pasa en países de alta densidad demográfica y desarrollo industrial, pero no en el nuestro. La «creciente presión de la ganadería sobre la tierra y el agua» no se aplica en nuestro país.

Claro que en la Argentina hay tierras áridas y semiáridas degradadas por sobrepastoreo. Pero es consecuencia de una realidad inevitable: los rumiantes se asientan en ellas debido a su capacidad para digerir fibras forrajeras inutilizables por otras especies. Y como falta agua, es utópico pensar que se puede sustituir la ganadería por la agricultura.

Erradicar el ganado pondría en riesgo, además, la supervivencia del poblador local, forzando su migración hacia centros urbanos. Pero aun esas tierras degradadas, de baja productividad y arbustizadas, tienen capacidad para capturar y almacenar carbono en el suelo.

Otra generalización luce infundada: que la ganadería destruye nuestros bosques. No somos un país forestal. Apenas el 8-9% del territorio está cubierto por bosques, en claro contraste con Brasil (56%) y Paraguay (36%). Luego de alcanzar un pico en 2008, hoy nuestra tasa anual de deforestación decayó en un 70% después de la sanción de la ley de bosques. Y de acuerdo con datos del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos (USDA, según sus siglas en inglés), solo un 20% se destinó a producción de carne. El 80% restante fue a cultivos de cosecha. ¿Cuál es hoy nuestra tasa anual de carbono emitido por deforestación? Apenas un 0,00036% de las emisiones globales.

Pero hay una pregunta más básica que motiva esta nota: ¿qué diferencia hay entre los sistemas intensivos del hemisferio norte y los nuestros? Admitamos que nuestros novillos emiten en su vida tanto carbono como aquellos. Pero ambos integran sistemas de producción y procesos productivos distintos. Los del norte, con alta densidad de animales en confinamiento; los del hemisferio sur, con baja carga en pastoreo. Y donde hay pastizales y pasturas hay fotosíntesis y hay captura de carbono. ¿Realmente lo almacenamos en el suelo?

El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, según sus siglas en inglés) asume que las tierras de pastoreo no secuestran carbono. Nuestros estudios sugieren otra cosa: que nuestros sistemas ganaderos estarían generando un balance de carbono positivo, que ayuda a mitigar emisiones y valoriza la huella ambiental de nuestras carnes. Y abre las puertas al mercado de carbono y a la certificación de nuestros procesos.

En síntesis, el bife argentino no tiene manera de afectar negativamente al clima del planeta porque no «mueve la aguja del amperímetro».

Si saltamos escalas y extrapolamos con ligereza los datos genéricos de informes globales a nuestros sistemas de producción, generamos una señal tan negativa como riesgosa hacia dentro y hacia fuera de nuestras fronteras. Y, más peligroso aún, devaluamos uno de nuestros productos más valiosos, tanto en el mercado interno como en el externo.

Fuente: apea

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