Nutrición intensiva para planteos ganaderos intensivos

Ganadero llevando novillos

En este momento hay más de 7 mil millones de humanos que nos movemos sobre la tierra. Representa una enorme cantidad de bocas que alimentar. Para alcanzar a su mantenimiento de alimentación, a lo largo de siglos hemos transformado aproximadamente el 40% de la superficie total del planeta en campos de maíz y con ganado. El resultado de este cambio, es principalmente la generación de productos derivados de la agricultura y de su transformación en carne. Abundan las estimaciones que indican la población mundial para el año 2050 aumentaría a 9,6 mil millones y, de acuerdo a la Organización para la Agricultura y la Alimentación de las Naciones Unidas (FAO), si queremos evitar la desnutrición masiva, tendremos – entre otras acciones – que incrementar la producción de alimentos en un 70%.

El problema es que la mayor parte de la tierra que podemos trabajar para la producción de alimentos ya está siendo cultivada. Resta alcanzar las cimas de las montañas, las arenas de los desiertos o los hielos de la Antártida. Para este crecimiento en superficie quedaría como única tierra factible de cultivar la derivada de la tala y la quema de selvas tropicales o de la transformación de los humedales… Difícilmente intentemos tal cambio en el planeta. Por lo tanto, tendremos que incorporar algunos cambios a gran escala en la forma en que cultivamos, en general, y, en particular, en la generación de recursos forrajeros para la producción ganadera y su efectiva transformación en carne. En esta presentación discutiremos algunos elementos a considerar para el logro de planteos intensivos de producción ganadera sustentados por la integración de sistemas intensivos de nutrición
de su cadena forrajera.

Las praderas, tanto por sus aportes energéticos como nutricionales específicos son naturalmente el principal recurso alimenticio para el crecimiento de los rumiantes en pastoreo. La región pampeana cuenta con condiciones climáticas, edáficas y ecológicas que le permiten producir potencialmente grandes cantidades de biomasa, y, por consiguiente, de carne y leche. Esto se logra utilizando racionalmente los recursos forrajeros. Para explorar estas condiciones ventajosas, y obtener una alta producción de biomasa de calidad, es indispensable conocer, además de los requerimientos de los animales, los requerimientos nutricionales del forraje, la disponibilidad de nutrientes
en el suelo, y la interacción de estos factores con las condiciones climáticas de la región (Figura 1).

Son abundantes los estudios regionalmente desarrollados que sustentan variados planteos de manejo de la fertilización de pasturas, naturales e implantadas, procurando mejoras en su producción primaria neta. Estos estudios se encuentran disponibles en variadas publicaciones de revisión y destacan la contribución directa de la utilización de herramientas de diagnóstico de necesidades de fertilización para ajustar correcciones de fósforo, la aplicación estratégica de fertilización nitrogenada de tapices de gramíneas en complemento con otros nutrientes tales como el azufre y la inoculación con rizobios en la siembra de leguminosas (Quintero y Boschetti, 2008; Díaz-Zorita, 2008; Marino y Berardo, 2014). En la mayoría de las áreas pampeanas de producción de forrajes, la oferta natural de nutrientes limita la normal producción de las plantas y se recomienda la aplicación de fertilizantes para aumentar sus rendimientos.

Es por esto que, entre los cambios a considerar para mejorar los resultados en los desafiantes sistemas ganaderos actuales, es de importancia considerar la integración en el uso de nutrientes más allá de sus aportes a la producción de biomasa con un enfoque dirigido a la oferta nutricional. Alcanzar y mantener un adecuado nivel de fertilidad de los suelos e incorporar un programa equilibrado de nutrición vegetal es una parte importante del manejo de pasturas y otros recursos ligados a su conversión en carne La calidad nutricional del pasto se mide por su digestibilidad, contenido de proteínas y de materia seca, estos factores son influenciados por la nutrición de las plantas.

La digestibilidad depende de la fase de desarrollo y la nutrición. Por ejemplo, pasturas jóvenes con fuerte masa foliar tienen niveles de digestibilidad y materia seca más altos que las que han empezado a producir tallos florales, o contienen abundante material muerto. El nivel de proteínas, uno de los elementos base a considerar para la eficiente transformación forrajera en carne, depende entre otros elementos del estadio de desarrollo del forraje y es afectado por la condición general de nutrición del vegetal, en particular nitrogenada. Estacionalmente, los niveles de proteínas en los forrajes tienden a incrementarse hacia el fin del invierno. Además, la producción de proteínas depende de la disponibilidad de nitrógeno en el suelo que puede ser absorbido por las plantas, además de los niveles de potasio y azufre, y del pH del suelo. En general, al mejorar la disponibilidad y captación de estos nutrientes y la presencia de condiciones de reacción del suelo próximas a la neutralidad contribuyen a lograr mayores concentraciones de proteínas en los forrajes producidos.

Las pasturas templadas de la región pampeana incluyen gramíneas (festuca, agropiro, raigrás, cebadilla, etc.), leguminosas (tréboles, alfalfa, lotus, etc.) o mezclas de especies (“pasturas consociadas”). La producción de forraje en ambientes ganaderos marginales varía entre 5000 y 7000 kg de materia seca/ha/año llegando a 12000-15000 kg de materia seca/ha/año en ambientes sin limitaciones productivas o sitios con reconocida aptitud agrícola. En general, entre el 60- 70% de la oferta anual de pasto se produce durante la primavera o en primavera-verano.

El uso ineficiente de los recursos ambientales (básicamente radiación solar, temperatura, agua y nutrientes)  disminuye la capacidad productividad. Entre las principales causas de las limitaciones observadas en el techo productivo, no solo en términos de cantidad lograda sino de calidad de los recursos forrajeros se destacan las deficiencias nutricionales. Es reconocido que para crecer y producir forraje las pasturas requieren de aportes continuos de nutrientes (Tabla 1). También es frecuente identificar, en las condiciones frecuentes de producción argentinas, que la provisión natural directa desde la disponibilidad en los suelos no sea suficiente para abastecer la demanda de las pasturas o del sostenimiento de procesos naturales de nutrición (ej. fijación biológica de nitrógeno desde el aire).

Estas limitaciones además de restringir el eficiente aprovechamiento de recursos productivos (ej. disponibilidad de agua), conducen a deficiencias nutricionales que reducen no solo crecimiento de las plantas si no su calidad forrajera y potencial de transformación en carne.

Para las gramíneas templadas, los nutrientes que generalmente limitan la producción de forraje son el nitrógeno principalmente durante el período de bajas temperaturas desde fin del otoño a mediados de primavera y el fósforo por bajos niveles extractables en los suelos.

Para las leguminosas, en cambio, el principal nutriente limitante es el fósforo ya que estas plantas tienen la capacidad de utilizar el nitrógeno atmosférico y el resultado de este proceso está directamente ligado al mantenimiento de crecimiento activo de las plantas donde el P y otros nutrientes (ej. azufre y boro) tienen un papel de relevancia. En síntesis, mejoras generalizadas en la oferta de nitrógeno y de fósforo, en complemento estratégico con elementos como el azufre y el boro, conducen no solo a sostener producción forrajera sino también a consolidar una abundante oferta de proteínas para sustentar una más eficiente transformación en carne.

El consumo de nutrientes minerales está estrechamente asociado con la tasa de crecimiento de las plantas, por lo tanto, aumenta en la medida que las pasturas producen más forraje. Así, el requerimiento será máximo en primavera y mínimo en invierno. En términos generales se pueden considerar requerimientos de entre 2 y 3 kg fósforo y entre 20 y 30 kg de nitrógeno por tonelada de forraje producido. Esto significa que acumulaciones de forraje próximas a las 12 toneladas de materia seca/ha/año requerirán dinámicos aportes anuales aproximadamente de entre 24 y 36 kg de fósforo/ha y de 240 a 360 kg de nitrógeno/ha.

Cabe destacar que recursos forrajeros de alto potencial productivo como los verdeos de verano (ej: maíz, sorgo) muestran elevados consumos instantáneos de nutrientes con niveles de extracción de los sistemas mayores que cuando su destino productivo es solo para cosecha de granos. Además, la alta eficiencia de conversión de productos aéreos (biomasa aérea y granos) aporta en limitada magnitud a la materia orgánica del suelo y al ciclado de nutrientes.

En ausencia de otras condiciones limitantes, por ejemplo, hídricas, las respuestas esperables a la aplicación de nutrientes varían entre 10 y 30 kg de materia seca por kg de nitrógeno, entre 100 y 200 kg de materia seca por kg de fósforo y entre 200 y 300 kg de materia seca por kg de azufre. Esta información es de valor para la planificación de la oferta forrajera y atendiendo a alcanzar una oferta uniforme, o predecible, de forraje.

Entre otros de los beneficios de la anticipación en planteos de nutrición de pasturas es el manejo de aportes residuales (o de mantenimiento) de los niveles de fosforo de los suelos. También además del incremento en la cantidad de forraje producido, la fertilización de pasturas permite “anticipar” la producción de forraje que dependiendo de
la época del año y condiciones de crecimiento de las pasturas varía en hasta 20 o 30 días con respecto a planteos de producción limitados nutricionalmente.

Este adelantamiento en el inicio del pastoreo es un factor clave para el manejo de los establecimientos ganaderos sobre todo en la época crítica como es la salida del invierno. A nivel sistema productivo nacional, Elizalde y Riffel (2017) plantean que la producción de forraje es insuficiente para hacer un buen aprovechamiento de cultivos de maíz y convertirlo en carne en mayor proporción. Más allá de cuestiones económicas, la principal limitante para el mayor aprovechamiento de los granos en nutrición animal es el forraje necesario para mantener el ciclo ganadero que aporte los animales que finalmente serán los que consuman el grano. En la Tabla 2 se resumen los requerimientos de materia seca para un rodeo que desteta el 65 % de los terneros, nivel un poco más alto que la media nacional. Los machos se recrían a pasto hasta los 300 kg y luego se engordan a grano en corrales. A su vez, las hembras de descarte se recrían hasta los 220 kg y luego se encierran hasta la venta con 320 kg. Estas demandas requieren, no solo la capacidad de producción de forrajes en cantidad sino el mantenimiento uniforme de la oferta nutricional, en particular en cuanto a su contenido proteico.

Las conclusiones que alcanzaron Elizalde y Riffel (2017) son que, de cada 100 kg de producción de animales terminados, 92 kg provienen del pasto y 6 kg del grano (o sea una relación de 15:1). Es decir que por cada kg de grano que se destine a su consumo en corrales, se debería producir previamente 15 kg de forraje destinado a mantener
el resto del ciclo. Es así que si a nivel nacional se planteara la conversión total del saldo exportable de granos de maíz (aproximadamente 8 millones de toneladas) en carne vacuna sería necesario producir alrededor de 120 millones de toneladas adicionales de materia seca de forraje.

Este desafío es un verdadero reto para la ganadería y un significativo cambio en los planteos productivos intensivos e integrales. Considerando que el 85% de la superficie ganadera proviene de montes, islas y campos naturales (alrededor de 120 millones de ha), la producción de estos recursos debería aumentar aproximadamente en 1.000 kg de materia seca/ha de forraje “aprovechable”.

Siguiendo con este análisis, y considerando que en los campos naturales, la producción media es próxima a 3000 kg de materia seca, los 1000 kg representan un incremento de algo más que el 30%. Lo que sí resulta claro es que la fertilización de recursos forrajeros tiene un papel preponderante en esta mejora, aunque esta práctica por sí sola no llegaría a alcanzar el incremento deseado.

En ese sentido, habría que analizar si se dispone de los recursos tecnológicos y económicos necesarios para encarar dicha mejora a nivel país Para la mayoría de los cultivos agrícolas la de cisión de fertilización en cuanto a la cantidad y el tipo de fertilizante a aplicar están motivados básicamente por tratar de lograr una producción óptima atendiendo al resultado sobre el cultivo en combinación con la oferta desde el suelo.

En cambio, la decisión de fertilización de forrajes debe ser más controlada mediante una cuidadosa consideración de diversas metas individuales para el pasto producido más allá de su cantidad y atendiendo también a su calidad y oportunidad como sustento nutricional de transformación en carne.

Algunos de los factores a considerar incluyen: i) la producción necesaria para los animales (ej. ajuste oferta:demanda); ii) momento de las necesidades de forraje en relación a factores exógenos limitantes al crecimiento (ej. temperaturas, oferta hídrica); y iii) especies presentes en el tapiz forrajero (ej. composición de pasturas, cultivos anuales, etc.).. Los rendimientos esperados de 9 o más toneladas de materia seca por hectárea son razonables para situaciones donde los suelos tienen una adecuada capacidad de retención de agua y se adoptan las prácticas de manejo intensivo, tales como el uso de pastoreo rotacional.

El momento de aplicación de los fertilizantes nitrogenados tiene que coincidir y anticipar al patrón de crecimiento de las gramíneas forrajeras. En la región pampeana estas aplicaciones son de mayor eficiencia hacia el fin del invierno y en anticipación del mayor crecimiento primaveral.

La aplicación escalonada de fertilizantes nitrogenados es una opción para situaciones de manejo intensivo, por ejemplo, 75% al inicio de la primavera y el resto hacia el fin del verano con anticipación al otoño. Es imperioso entonces conocer mediante el análisis de suelo la condición de oferta de los nutrientes.  Así una mirada de lo que está sucediendo con los niveles extractables de fósforo en el oeste de Buenos Aires muestra que más del 80 % de los lotes respondería al agregado de fertilizantes si la especie a sembrar fuera la alfalfa (Figura 2)

En síntesis, los planteos intensivos de producción ganaderos se enfrentan con el desafío de cambiar en su organización integrando la planificación en el uso de nutrientes como un factor de manejo para incrementar la producción de forraje y proveer de una oferta continua de calidad nutricional.

Abundantes estudios locales destacan que en todos los sistemas de producción de forraje el adecuado manejo de la nutrición con fósforo repercute tanto en mayor oferta de pasto como en su calidad al mejorar la eficiencia en nutrición nitrogenada y producción de proteínas.

Aun así, el desafío productivo es de importancia abarcando a la originación de cabezas de ganado directamente ligada a la calidad productiva de pastizales donde al mejorar la disponibilidad de fósforo se fomenta la actividad de leguminosas naturales, se intensifica el ciclado de nitrógeno y la capacidad productiva del sistema integralmente.

En ambientes de mayor capacidad productiva, la fertilización le aporta estabilidad a la cadena forrajera de pasturas en la cosecha y transformación continua de nutrientes requiriéndose contemplar su utilización estratégica en términos de nutrientes a aplicar (nitrógeno, azufre, boro) además del fosforo, integrando diversos componentes forrajeros y beneficios adicionales tales como el adelantamiento productivo y el eficiente ciclado de nutrientes. El crecimiento en producción de carne es posible a partir de la integración estratégica en el uso de nutrientes contemplando a lograr modelos dinámicos de combinación de forrajes con alta calidad forrajera.

Referencias bibliográficas

Fuente: engormix

10° Fiesta del Sector Productivo Pampeano

Se el primero en comentar

Deja una respuesta